Cuando las plantas enseñan la inteligencia del cuerpo

Pastora divina en Colombia

I. La prueba de las dietas amazónicas: la revelación del movimiento

La síntesis psicocorporal que transmito hoy en día se cristalizó en el aislamiento y el silencio de las dietas vegetalistas, en el corazón de la selva peruana. Fue en ese espacio de confrontación con uno mismo, sostenido por las cortezas de los árboles maestros (los palos) y la ayahuasca, donde mi percepción del cuerpo dio un giro radical. Antes de estas inmersiones, mi trayectoria estuvo marcada por disciplinas exigentes: el enfoque no dual del yoga de Cachemira transmitido por Éric Baret, la fluidez animal y el enraizamiento de la capoeira angola estudiada con maestros en Salvador y Recife en Brasil, y la precisión de las tensiones contrarias del teatro gestual, recibida de alumnos de Étienne Decroux y de maestros balineses.

En la cotidianidad de la dieta, estas prácticas dejaron de ser técnicas para convertirse en una alquimia única. Liberado del ruido mental, el cuerpo comenzó a moverse a partir de sus propias líneas de fuerza, dictando de manera orgánica la forma justa de respirar y de plegarse sin forzar jamás la estructura de las fascias y las articulaciones.

Esta metamorfosis somática no pasó desapercibida. Mi maestro curandero, cuyo universo estaba completamente regido por el espíritu de las plantas y que no sabía nada del yoga occidental, percibió de inmediato la profundidad de este trabajo. Durante ceremonias intensas en las que mi cuerpo se entregaba espontáneamente a posturas, torsiones y kriyas de descarga vibratoria, mi hermano curandero me observaba. Reconoció en estos movimientos una manifestación directa de la inteligencia vegetal. Fue así como empezó a integrar la palabra “yoga” dentro de sus mismos icaros, esos cantos sagrados habitualmente reservados a los grandes árboles de la selva. Al cantar “yoga, yoga, yoga”, validaba esta práctica como una medicina somática por derecho propio. Sus palabras aún resuenan como el más hermoso de los anclajes: «¡El yoga es tu medicina, mi hermano. Este yoga es el verdadero yoga, viene del interior!».

II. El espacio del cuerpo en los rituales: de la disciplina postural a la escucha sensorial

En las tradiciones indígenas que he conocido, se pone un énfasis riguroso en la disciplina postural: el participante debe mantenerse erguido, sentado en un pequeño taburete (banco) durante largas horas, a veces con la prohibición estricta de acostarse o moverse. Si bien esta exigencia resulta excelente para forjar la voluntad y mantener la atención frente a la fuerza de la medicina, a veces descuida la realidad mecánica de las tensiones acumuladas en la carne. Por su parte, el neochamanismo contemporáneo intenta a menudo integrar el yoga en las ceremonias de plantas, pero esta práctica se limita frecuentemente a una gimnasia superficial, desconectada de los mecanismos de descarga profunda.

Recibir plantas de poder genera una carga eléctrica y neurológica colosal en el sistema nervioso. Frente a este flujo de energía, propongo una relación con el cuerpo mucho más sensorial, fluida y orgánica que la simple inmovilidad forzada. Al preparar el contenedor físico previamente, el objetivo es dar al participante las claves para relajar activamente las fascias y soltar el psoas. El cuerpo ya no es una estructura rígida que lucha contra la potencia de la subida, sino que se convierte en un canal flexible y altamente receptivo, capaz de dejar circular y transmutar esta inmensa carga nerviosa sin crear nuevos bloqueos somáticos.

III. El cannabis landrace: la planta yóguica de la exploración somática

Mi visión del cannabis se aleja radicalement del uso recreativo que consiste en fumar un porro. En el marco de esta investigación corporal, me refiero exclusivamente a la ingestión del vegetal en forma de decocción, preparada a partir de semillas madre landrace no híbridas que cultivo yo mismo. Esta planta compañera es para mí la aliada yóguica por excelencia. Su farmacocinética por vía digestiva ofrece una difusión lenta y una acción visceral difusa que se prolonga durante varias horas, creando una base terapéutica estable para el cuerpo.

En el plano de la práctica, esta decocción sagrada actúa como un potente lubricante neuromuscular. Al disminuir la reactividad de la amígdala cerebral —el guardián que escanea constantemente el peligro—, desactiva el tono muscular defensivo y los reflejos de protección inconscientes del cuerpo. Esta disminución de las resistencias permite entrar en una percepción fina e íntima de la intercepción. Guiado por la planta, el practicante accede a una comprensión íntima de las asanas, prolonga la retención de los pranayamas y agudiza su enfoque mental. De este modo, el cannabis prepara el terreno somático en profundidad, volviendo los tejidos maleables y listos para acoger las frecuencias más intensas de eventuales ceremonias mayores.

San Pedro Colombia

IV. Wachuma, vibración y claridad: de la rendición somática a la decisión sabia

Si el cannabis prepara y flexibiliza el terreno, la medicina del cactus andino wachuma actúa como un amplificador vibratorio de otro orden. Debido a su composición bioquímica rica en mescalina, esta planta maestra ancestral –el rey de los Andes– se dirige directamente al corazón y a la estructura somática. Desde la fase de subida, satura el sistema nervioso con una fuerza eléctrica de gran intensidad, que se traduce instantáneamente en temblores irreprimibles en las piernas y la pelvis. Ante este torrente, la ilusión del control mental se vuelve inviable. Cuando el trabajo psicocorporal se ha realizado rigurosamente en la víspera o en los días previos, la medicina encuentra canales que ya están abiertos. Las vibraciones se despliegan entonces sin encontrar barreras físicas rígidas, conduciendo a catarsis de una potencia inaudita: olas de sollozos, convulsiones liberadoras y descargas neuromusculares que limpian las memorias traumáticas enterradas en el psoas y las fascias.

El impacto de esta rendición física va mucho más allá del marco de la sola sesión ritual; es el requisito indispensable para una claridad psicológica y ontológica decisiva. Pude observarlo de manera impactante con una participante que padecía cáncer de mama. Antes de la ceremonia, esta mujer se encontraba encerrada en un mecanismo de control mental y de negación rígida, rechazando categóricamente cualquier intervención quirúrgica y cualquier acompañamiento médico convencional. Durante la ceremonia, bajo el efecto del wachuma y de la preparación somática, su armadura de control saltó literalmente por los aires. Su cuerpo pasó por horas de temblores intensos, convulsiones y lágrimas profundas. Al permitir que su sistema nervioso depusiera las armas y purgara el miedo cristalizado en su carne, rompió el cerrojo psicológico que bloqueaba su situación. Una semana después de esta inmensa descarga vibratoria, la claridad se instaló. Por primera vez, liberada del pánico inconsciente que dictaba su rechazo, tomó la decisión sabia y lúcida de dejarse acompañar por el cuerpo médico y proceder a la extirpación del seno afectado.

Este ejemplo ilustra perfectamente el corazón del trabajo: la liberación somática no es un fin en sí misma, es la llave que permite disolver las resistencias del ego para dejar emerger elecciones de vida salvadoras. Aquí radica toda la importancia de la integración postceremonial, que permite traducir las revelaciones del cuerpo en actos concretos y anclar de manera duradera la medicina en la realidad cotidiana.


En definitiva, la verdadera medicina de las plantas sagradas no reside en la evasión fuera del mundo o en la búsqueda de visiones espectaculares. La enseñanza más pura de los maestros vegetales nos devuelve invariablemente a la tierra, es decir, a la carne, a los huesos y al sistema nervioso. Las plantas no anulan el cuerpo; revelan su inteligencia nativa, esa misma que sabe cómo sanar, cómo temblar y cómo alinearse cuando se logra hacer silencio en el interior.

Ya sea por la fluidez infundida por el cannabis durante la práctica o por el rayo somático desplegado por el wachuma, la experiencia exige una rendición física total. Preparar el contenedor neuromuscular previamente es un acto de respeto hacia la potencia de estas medicinas. Al aceptar descender a lo más profundo de nuestra estructura, dejando que las fascias se licúen y que el psoas se descargue, la claridad espiritual puede finalmente encarnarse.

Escuchar la medicina desde el interior es, en última instancia, honrar la carne como el canal sagrado y vibratorio de la conciencia humana.